Juan salió a las siete y media caminando por la puerta del dos ambientes que no hace más de un mes decidió alquilar. Prefirió tomar el subte, en el subte no hace frío y hay muchas minas. De todos los colores.
No pudo ver muchas minas, se paró debajo de uno de los aparatos que ventilan en el vagón y el constante viento lo despeinaba. No miró más minas, lo irritó ver su forzado flequillo, todavía húmedo del baño, ir y venir en la ventana; en el reflejo de la ventana, en el subte.
Después de dos estaciones se sentó y el viento del aparato que ventila en el vagón se distrajo con un grupo de rulos teñidos, rulos de Nora que siempre toma el subte y no le molesta despeinarse.
Juan no tenía frío. Intento leer el diario, los titulares del diario que leía Julieta, una estudiante de economía que se bajaba en Facultad de Medicina. Sólo logró ver las fotos, Julieta estaba sentada justo enfrente de Juan, que no quiso sacar los anteojos así que no leyó los titulares. Vio las fotos. Una le causó gracia y sonrió, justo cuando Julieta se quiso mirar en el reflejo de la ventana y lo vio a Juan. A ella no le importó. A él si.
Le dio miedo Julieta. Le gustó. “y si le digo algo?”, pensó Juan y su corazón latió indiscreto en la camisa blanca con la que mejor quedaba el traje azul con liñitas grises. “No”, pensó. Y no dijo nada. Hasta que Julieta bajó no la pudo volver a mirar. “Cuando estaba sentada era mas linda” se dijo mientras le miraba el culo que se zarandeaba de un lado a otro apurado mientras la chicharra sonaba, las puertas se cerraban, el subte seguía y Julieta ya no estaba. No tenía buen culo, Julieta. Juan no tenía frió.
Escuchó la voz de un pibe que seguro quería monedas. Tenía cuatro pelotitas de colores, era evidente que hacía malabares. A la mañana en el subte hay mucha gente dormida yendo a trabajar como Juan. Y no hay mucho lugar en el subte a la mañana, por eso todas las pelotitas del pibe terminaron en el piso. Ignacio le dio cincuenta centavos. Juan no le dio nada, ni siquiera lo pensó. Apoyó la cabeza contra la ventana cerró los ojos y creyó que estaba dormido, pero no.
Sólo escuchaba, con los ojos cerrados escuchaba. Las voces de los dormidos pasajeros se superponían y formaban un murmullo que le taladraba la cabeza, intentó durante unos minutos particularizar una sola voz entre todas y se sorprendió cuando pudo.
Ignacio se bajaba todos los días en Callao, en la estación Callao, caminaba dos cuadras, doblaba en la calle de la plaza cuando no la quería cruzar por el medio y llegaba a su trabajo. Hoy presentaba la renuncia y estaba contento. Se paró y al levantarse golpeó con su mochila, desbordante de libros de historia, a Juan. Juan se recompuso muy irritado, miró a Ignacio que muy sentido dijo “perdón, viejo!” y sonrió. La sonrisa gano la pulseada, ya no estaba irritado, Juan. Sonreía, y en algún lugar de su dormida persona tenia ganas de darle un beso.
La mochila de Ignacio, llena de puteadas de pasajeros, se bajo del subte, Ignacio también. Juan lo miró caminar por el andén, chicharra, puertas, no lo vio más. “Seguro que su vida es interesante, mucho mas interesante que mi vida. Me gustaría ser así” pensó mientras buscaba su reflejo en la ventana y un ruido que nunca había escuchado, porque Juan no toma seguido el subte, lo aterró. Se tapo los oídos, Juan. Con fuerza se presionaba los tímpanos, con los índices. Vio que no era el único, había otros. La normalidad con que lo hacían tranquilizo a Juan que relajó el entrecejo y respiró normalmente hasta que el ruido desapareció.
Estación Tribunales, leyó. “me voy a cagar de frió”, pensó mientras comparaba su desabrigada ropa con la del resto. Estuvo a punto de ponerse el sobretodo, el negro. El marrón le queda corto de mangas. Pero vio en el noticiero que: “para la tarde, temperatura en amento” iba a estar todo el día arrastrando el sobretodo por el centro y no le gusto la idea, lo tiró, desprolijo, sobre el sillón del living. Juan estaba en el subte sin Julieta, sin el pibe, sin Ignacio, sin sobretodo. Distinguió una vos de mujer que advertía que en la próxima estación se podía hacer combinación con otros subtes, era su estación, Juan se tenía que bajar. Miro a su alrededor, la gente se preguntaba entre si “bajas?”, eso le gustó a Juan, le resultó simpático. Le pregunto a Nora “bajas?”. Nora contesto que no y se corrió. Juan se miró en el vidrio de la puerta, el flequillo se miró, hasta que la luz de la estación invadió el vagón y el reflejo quedo atrás. La puerta se abrió, Juan bajó, chicharra, puerta y Juan no estaba más.
Nora bajo en la siguiente estación, despeinada, muy despeinada.